Sunday, November 11, 2007

El terrorismo islámico y los hashashin. Una infundada comparación

por Arturo Fontangordo

A raíz de los atentados del 11 de Septiembre de 2001, muchas son las voces que hablan y opinan acerca del terrorismo islámico, y no pocos son los que se dedican a indagar en sus causas últimas, buceando en la historia y en la pseudoteología islámica. No pocas son las ocasiones en las que un servidor ha visto comparar a los modernos terroristas con los antiguos hashashin, y a Osama Ben Laden con su líder, el Viejo de la Montaña. Mas, ¿es realmente razonable esta comparación?

A raíz de los atentados del 11 de Septiembre de 2001, muchas son las voces que hablan y opinan acerca del terrorismo islámico, y no pocos son los que se dedican a indagar en sus causas últimas, buceando en la historia y en la pseudoteología islámica. No pocas son las ocasiones en las que un servidor ha visto comparar a los modernos terroristas con los antiguos hashashin, y a Osama Ben Laden con su líder, el Viejo de la Montaña. Esta comparación, llamativa y sugestiva para cualquier profano, y más aún para los aficionados a las tramas alambicadas de la historia-ficción, no parece resistir un mínimo análisis; más bien se debe a una arbitraria asociación, sin más fundamento que un conocimiento muy superficial y sin más intención que la de darse ínfulas de encontrar oscuros hilos donde realmente no hay nada.
Y como la mejor manera de diferenciar dos cosas es conocerlas medianamente bien, realicemos una breve semblanza de la secta medieval de los Asesinos y veamos si tiene mucho o poco que ver con el actual azote terrorista.
Orígenes de los asesinos
La palabra “hashashin” parece significar “consumidor de hachís”, de acuerdo con la tradición que nos muestra a los Asesinos como dispuestos a entregar su vida para cometer un crimen con la convicción de alcanzar el Paraíso; Paraíso que ya habrían paladeado tras ser convenientemente drogados durante varios días y situados en medio del harén de su líder. Tenemos noticias de los Asesinos a través de diversas fuentes medievales, con datos de cronistas como Marco polo o Guillermo de Tiro. Su faceta más conocida es la del asesinato (palabra que parece derivar precisamente de su nombre árabe) político, que era fundamentalmente altamente selectivo al escoger sus blancos. Conrado de Montserrat, rey de Jerusalén, dos grandes maestres del Temple y varias grandes personalidades musulmanas cayeron debido a acciones suyas. El propio Saladino se vio obligado a volver con el rabo entre las piernas de una campaña de castigo contra ellos cuando descubrió que lo más selecto de su guardia personal eran miembros de la secta disfrazados que le dieron la oportunidad de llegar a un acuerdo con el Viejo de la Montaña para eludir la muerte.
No es un hecho aislado el enfrentamiento de los Asesinos con otras facciones mahometanas. En varias ocasiones llegaron incluso a aliarse con los príncipes cristianos de Tierra Santa contra sus supuestos hermanos de fe. De hecho, los Asesinos eran una secta islámica “herética”, si es que cabe aplicar este adjetivo a un grupo mahometano; esto es, eran una escisión de una escisión de la escisión chíita. Como sin duda conoce el lector, a la muerte de Alí, el yerno del profeta Mahoma, y de su hijo Hussein, el Islam se escinde entre sunnitas y chiítas; me permito remitirme al número de Abril de 2004 de la revista Arbil para que el lector interesado encuentre un breve esquema de las diferencias entre ambas corrientes. La Chía, a su vez, se dividirá más adelante entre los duodecimanos (mayoritarios) y los septimanos o ismaelitas, para quienes Ismael fue el séptimo y último imán. Los hashashin se escindieron a su vez de esta secta por una disputa acerca de la sucesión en el imanato: a finales del siglo XI, en Egipto, donde los ismaelitas ostentaban el poder, los mercenarios mamelucos colocaron a un hijo del califa Mustansir como nuevo imán, cuando este había designado anteriormente a otro, llamado Nizar. Hassan Sabbah, el primer Viejo de la Montaña, permaneció leal a Nizar y estableció su propio grupo en Persia, encontrándose su base principal en la fortaleza de Alamut, el “Nido de las Águilas”, en las montañas cercanas al mar Caspio, extendiéndose pronto su control a los ismaelitas de Siria. Como Nizar fue ejecutado en Egipto sin designar sucesor, el imanato, desde un punto de vista nizarí, quedó desierto, y Hassan asumió el título de “representante del imán” (Hujja), pero sin declararse él mismo imán.
Su inferioridad numérica ante sus diversos enemigos (seléucidas, el califa de Bagdad, etc) parece ser que fue lo que les llevó a seguir la táctica del asesinato selectivo, que empezó en 1092 con el atentado contra el estadista Nizam al-Mulk cuando iba hacia Bagdad. Los más fanáticos seguidores de la secta, los fidai, eran los encargados de ejecutar estas tareas, que se seguían normalmente de una matanza espontánea de ismaelitas por parte de la población de la ciudad donde se producía el hecho. Los nizaríes fueron, así pues, replegándose cada vez más hacia posiciones fuertes en el campo. En 1135, gobernando ya Kiya, el sucesor de Hassan, asesinaron al propio califa Mustarshid.
Los asesinos y la Gnosis. La “Gran Resurrección”
Si nos ceñimos al aspecto religioso-intelectual de los Asesinos, la escisión nizarí derivó progresivamente hacia unos planteamientos gnósticos que tenían que ver cada vez menos con el chiísmo “ortodoxo”. Previamente a la eclosión del sufismo, parecen haber sido ellos los que, dentro del Islam, representaron la corriente sincrética y gnóstica identificable también en algunas sectas cristianas. Corriente que, aprovecho para señalar, algunos historiadores de los que a mí me gusta llamar de “ciencia-ficción” pretenden enlazar con la supuesta herejía templaria, por supuesto, aplaudida con entusiasmo; son los paladines conscientes o inconscientes de la perspectiva histórica de la New Age. Como bien sostiene mi buen amigo Alejandro Rodríguez de la Peña, la historiografía seria moderna ha determinado claramente que las supuestas desviaciones del Temple no fueron más que infundios de Felipe el Hermoso de Francia y su ministro Nogaret para destruir la Orden; los templarios, considerados en conjunto, fueron una orden de caballeros cristianos, al servicio del Papa y de toda la Cristiandad, humanos y pecadores por ende como cualesquiera otros, pero no una sarta de herejes. Las fantasías quedan muy bien en las entretenidas, aunque tremendamente dañinas, novelas que proliferan últimamente, y que dan lugar a fenómenos tan estrafalarios como el de las peregrinaciones cuasi-rituales que llevan unos años produciéndose en Montségur, en Francia, después del boom de los libros del alemán Peter Berling.
Pues bien, y retomando nuestro tema principal, esa heterodoxia gnóstica llevó a Hassan II, el tercero de los sucesores del primitivo Viejo de la Montaña, a convocar el decimoséptimo día del mes de Ramadán a todos los nizaríes de Persia para proclamar la “Resurrección” (Qiyama). Esta consistió en derogar las leyes religiosas y civiles, comenzando por beber vino en el mes del ayuno; desde ese momento, la única ley a seguir era la palabra del imán, lo que en la práctica era la palabra del propio Hassan, que seguía siendo considerado como su representante.
En general, la pseudoteología ismaelita se puede considerar heredera de muchos conceptos de Plotino y la escuela neoplatónica. La Palabra se considera como la “Primera Inteligencia”, que no es parte de la creación, sino el acto mismo de la creación, el nexo entre el Absoluto, que resulta completamente incognoscible, y el mundo creado. Después viene una alambicada y, por lo demás divertida, sucesión de inteligencias por niveles, que justifica la existencia del mundo material. Al parecer, el arcángel jefecillo de la tercera inteligencia se negó a asistir a una convocatoria de la primera, por lo que fue desterrado junto con todos sus compadres de nivel al último nivel, ascendiendo el resto de inteligencias un puesto en el escalafón. Entonces se transformó en el Demiurgo y convenció al resto de entes de su nivel para seguirle y formar el mundo material, que es concebido como una especie de vía expiatoria para conseguir recuperar niveles. Todo este proceso se repite en ciclos de 129600 millones de años (vamos que el Big Bang fue antesdeayer, como quien dice) hasta que la creación se restaura a su estado original.
La Resurrección nizarí fue, supuestamente, uno de los puntos en los que se subió un escalón, de manera que la distinción entre saber esotérico y exotérico dejó de tener sentido. Esa fue la razón por la que se podía prescindir de las normas externas, pues, como buenos gnósticos, concluyeron que la verdadera religión era una cuestión de conocimiento interno para iniciados. Conocimiento que se traducía en la devoción sin límite hacia el imán, título que, por cierto, se arrogó ya directamente sin tapujos el sucesor de Hassan II, Mohammed II, a partir de otra cuidada elaboración de la “sucesión espiritual” en el imanato. Todos los que rechazan al imán son el Pueblo de la Oposición, y, en realidad, son no-existentes; los ismaelitas que no participaron en la Resurrección son el Pueblo del Orden, que también resulta ser no-existente. El Pueblo de la Unión es el único que se salva; por ello los ismaelitas no prestaban gran atención al proselitismo, comportándose de manera bastante más coherente que los actuales Testigos de Jehová… ¿Cómo explicar que el resto del mundo pareciese seguir igual después de la Resurrección? Daba igual, si incluso el tiempo había terminado como tal. Naturalmente, no pasó mucho tiempo hasta que esta situación insostenible estallase.
Entre tanto, los nizaríes sirios llevaban a cabo también su versión particular de la Resurrección, guiados por su líder Rashid al-Din Sinan. Más apegados al terreno, quizás por la doble tenaza a la que les sometían Saladino y los francos, se dedicaron a cuestiones de índole más práctica. Aliados de conveniencia de cada uno de los dos poderes, llegaron incluso a proponer al rey Amalrico de Jerusalén convertirse al cristianismo y aliarse contra el poder sunní. Esta conversión, impensable en un chiíta convencional, puede explicarse porque Sinan creía poder interpretar esotéricamente el cristianismo sin diferencia alguna con el Islam: un gnóstico en toda regla. Fueron precisamente los Templarios los que impidieron esta infiltración de imprevisibles consecuencias mediante distintas maniobras de fuerza; a la muerte de Amalrico, el proyecto quedó olvidado.
La caída de los asesinos. Lo que queda de la secta.
El hijo de Mohammed II, Hassan III, que ascendió al poder en 1210, revocó la Resurrección promovida por su abuelo y por su padre, y reintrodujo el Islam “exotérico”. Pero no cualquier Islam; ¡adoptó el sunnismo! Curiosamente, obligó a su pueblo a convertirse al sunnismo amparado en su condición de imán: la situación roza el surrealismo. Se alió con el califa de Bagdad y, por primera vez, llevó a sus súbditos a la guerra abierta, abandonando la tradicional técnica “terrorista”, y expandiendo su territorio.
En 1221, Hassan muere de disentería y le sucede Mohammed III, su hijo adolescente, un psicópata de perfil similar al de los más depravados emperadores de la Roma decadente, y que deshizo la obra de su padre para retomar el estilo nizarí tradicional (lo que no supuso un esfuerzo especial para sus súbditos, que habían asumido el sunnismo únicamente de cara a la galería). Para acabar de rematar este cúmulo de despropósitos, el “ideólogo” de este “regreso al futuro” fue un chiíta duodecimano llamado Nasir al-Din Tusi; la confusión, llegados a este punto, ya es insalvable…
En 1256, Oulagu Khan, nieto de Genghis Khan llegó con sus tropas al territorio nizarí de Quhistán y cercó el castillo de Maymun Diz, donde residía el nuevo soberano de los Asesinos, Khur Shah. Derrotado por el poderío mongol, acompañó a Oulagu para facilitar la caída de las fortalezas de la secta una tras otra. Completada la conquista, y siguiendo las pautas de comportamiento de las hordas mongolas, los Asesinos de Persia fueron sistemáticamente exterminados y borrados para siempre como poder real de la faz de la Tierra.
En Siria, sin embargo, los mongoles fueron parados en seco por los mamelucos del sultán Baibars, y los nizaríes aliados con éste sobrevivieron, perdurando hasta nuestros días; en Egipto, se sigue profesando la creencia fatimita en pleno siglo XXI, aunque, naturalmente, prescindiendo de los rasgos más “folklóricos” de los antiguos Asesinos.
De los Asesinos originales, algunos consiguieron sobrevivir en Persia y se dice que todavía a principios del siglo XX quedaban unos pocos en Quhistán. Aparentemente, los imanes nizaríes continuaron viviendo en secreto en Azerbaiyán tras la caída de Alamut, desde donde enviaron misioneros a la India en el siglo XIV. En el siglo XIX, el imán ismaelita Hasan Alí recibió el título de Agha Khan del Shah de Persia, pero debido a problemas políticos, tuvo que exiliarse a la India, donde fue recibido como imán por los khojas, la comunidad ismaelí que allí perduraba. Sus derechos fueron puestos en duda en un principio, y Sir Joseph Arnold recibió la misión de investigar el trasfondo del asunto. Su informe fue netamente favorable a las reclamaciones del Agha Khan, y se determinó que, sin duda alguna, los khojas eran los herederos de los antiguos Asesinos. Este ismailismo hindú vuelve a reflejar palpablemente el carácter netamente gnóstico de la secta, al haber identificado a Vishnú con el propio Alí, el yerno de Mahoma.
Conclusiones Finales
Tas este somero repaso a la secta de los Asesinos, dudo que ninguno de nuestros lectores haya encontrado razón de peso que asimile esta secta a Al-Qaeda. Las diferencias son palpables:
- En el aspecto religioso, Bin Laden y los suyos son sunníes radicales, próximos al régimen talibán y enemigos a muerte de los chíies a quienes consideran herejes despreciables. Prueba de ello es el perfil de todos los detenidos en las diversas intentonas terroristas; siempre sunníes, y casi siempre procedentes de países donde el chiísmo prácticamente no existe o es duramente perseguido.
- En el aspecto filosófico, los hashashin no eran musulmanes “puros”. Empapados de gnosticismo, acogían con los brazos abiertos lo mismo a una deidad hindú que el bautismo cuando ello les convenía. Un sincretismo semejante es totalmente inimaginable en uno de los modernos terroristas.
- En el aspecto geopolítico, estamos comparando un poder que se asemejaba a un Estado embrionario con una red terrorista internacional con más o menos apoyos, pero sin soberanía sobre territorio alguno.
- En el aspecto estratégico, los hashashin llevaban a cabo una guerra de supervivencia, estrictamente defensiva (salvo en las últimas épocas), y sin un enemigo fijo. Todo dependía del equilibrio de poder en la zona en cada momento. La obsesión del terrorismo islámico es causar el máximo daño a Occidente, sin tener en cuenta
- En el aspecto táctico, el asesinato selectivo de los hashashin nada tiene que ver con los atentados masivos de los terroristas islámicos actuales. Aquellos pretendían reducir al máximo la magnitud de un conflicto que podía extinguirlos; estos pretenden precisamente encender una llama de destrucción que aniquile a Occidente con la ayuda de Alá.
En fin que claramente se ve que estamos mezclando churras y merinas y confundiendo huevos con castañas. Que duda cabe que ambos, los de antes y los de ahora, creían que si morían por Alá iban al Paraíso. Bueno es que lo tengamos en cuenta a la hora de juzgar la timorata y entreguista política de nuestros gobiernos.
Y, cuando nos haga falta en un futuro que no sé si será lejano o cercano, nos vendrá bien recordar la tesis de San Bernardo de Claraval: “El Caballero de Cristo mata con la conciencia tranquila y muere aún con más tranquilidad, pues al morir se beneficia a sí mismo y al matar beneficia a Cristo. Porque él no lleva su espada sin razón; él es el ministro del Dios para el castigo del mal y la exaltación del bien.”

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Arturo Fontangordo

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Los Ismaelistas Nizaríes o Asesinos, sí, en principio el clan Assamita fue diseñado siguiendo los parámetros del culto, y de hecho en el antiguo Libro de Clan se decía que los Assamitas tuvieron una fuerte influencia en el culto y a menudo Abrazaron entre ellos.

En el Libellus Sanguinis III: los Lobos en la Puerta se matiza la influencia Assamita en el culto. Durante el asalto de los Assamitas contra la fortaleza infernal de Chorazim en el siglo VII un ghoul Assamita que poseía un sentido místico para detectar a los vampiros, perdió a su domitor, que resultó destruido. Libre de los lazos de sangre y enloquecido por la experiencia, vagabundeó durante siglos cazando vampiros y alimentándose de su sangre para mantenerse con vida.
Durante el siglo XI este ghoul renegado contactó con Hassam ibn Shabah y los fundadores del culto de los Ismaelistas Nizaríes y se unió a ellos. Este ghoul introdujo en el culto gran parte de la información que conocía sobre los Assamitas, de ahí las similitudes entre Asesinos y Assamitas, y adiestró a varios de ellos en la caza de vampiros.
Cuando los Assamitas descubrieron el culto de los Asesinos se sintieron sorprendidos por las similitudes con sus propias tradiciones y finalmente descubrieron lo ocurrido y hubo una división de opiniones, por una parte estaban los que deseaban utilizar a los Asesinos y quienes deseaban destruirlo como una blasfemia. Algunos Assamitas incluso intentaron asesinar al ghoul renegado y a sus seguidores pero fracasaron en su empeño y resultaron destruidos.
Como resultado, los Assamitas se mantuvieron en gran parte al margen del Culto de los Asesinos, aunque en ocasiones Abrazaron entre sus filas, y a menudo utilizaron a sus miembros para atacar a los vampiros occidentales que llegaron entre los cruzados y para extender el terror entre sus enemigos.
El Culto de los Asesinos fue destruido en 1256 con la caída del Alamut real a manos de los invasores mongoles y con la destrucción de las fortalezas sirias unas décadas después. No obstante, los ismaelistas nizaríes supervivientes se unirían a otras células del culto dispersas por Persia y la India. Actualmente el Aga Khan IV, un excéntrico millonario es el líder espiritual de los ismaelíes. Por lo que respecta al ghoul renegado que influyó en la creación del culto, se desconoce su destino a partir de la destrucción de Alamut.

Aunque se los trata como una línea de sangre, los Hijos de Osiris son mas bien una secta basada en la negación y autocontrol sobre la Bestia, no tanto como la Golconda, que es un equilibrio y aceptación de la Bestia como parte de la naturaleza vampírica. De hecho, dentro de los Hijos de Osiris existen vampiros de diversos clanes, aunque el único oficial (que aparece en Túmulos: Lugares de poder) es el Matusalén Milarepa, del clan Ravnos. La Anatema Kemintiri, del clan Setita también fue adoptada durante un tiempo por los Hijos de Osiris, o eso se dice en Los Vástagos Más Buscados, aunque en la versión revisada se dice que Kemintiri tiene una personalidad fragmentada y a menudo asume diversas identidades. Los vampiros del clan Gangrel también aparecen como aliados de Osiris en la forma de los Hijos de Anubis. Sin embargo, curiosamente, nunca se dice explícitamente cuál es el clan de Osiris.

Por otro parte, existe un mito en el que aparecen Malkav, Saulot y Set como hermanos diferenciados. “Concentrar” a varios Antediluvianos en uno es una teoría interesante, pero hacen de un mismo individuo alguien demasiado poderoso sobre el resto de sus hermanos Antediluvianos. Nuevo Look LetiziaMomentos de Diana de GalesIcono Diana de GalesDestape de NadalPrincipes de InglaterraCatedral ToledoPinturas Catedral ToledoBarcelona huele malLas recogepelotasCaprichos tecnologicosBerlin iluminadaMar de CelebesVengadoras de cineCatedral de SevillaPascual MaragallMisterios Olmecas

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Juicio a los primeros terroristas

D.R.


Su aparición, hace casi diez siglos, causó una revolución en el mundo musulmán. Los `asesinos´, una familia escindida del islam, fue el primer grupo en la historia que usó el asesinato como instrumento de Estado. Un libro del investigador inglés W. B. Barlett, recién publicado en España, aporta datos inéditos sobre él.

La leyenda cuenta que se drogaban fumando hachís y que su fanatismo hacía el resto. Entonces eran capaces de todo. Estamos en el siglo XI, en la época de las Cruzadas, al norte del actual Irán. Allí, una secta, la de los nizaríes, inaugura el crimen político y se convierte en el primer comando terrorista de la historia.

Todo empezó con un ruego. «¿Quién de vosotros librará a este territorio del demonio de Nizam al-Mulk Tusi?» La llamada de Hasan-i-Sabbah, el líder de esta rama escindida en el siglo XI de la dinastía musulmana fatimita, no cayó en saco roto. Un zapatero llamado Bu Tahir Arrain la atendió y en la noche del 16 de octubre de 1092 acabó con Al-Mulk, visir del sultanato selyúcida en la antigua Persia, que había permitido la persecución de los nizaríes. Esta muerte fue la primera de una serie de crímenes que convirtió esta secta en el grupo musulmán más temido de la historia, un colectivo que practicó el asesinato como una forma de terrorismo y que por su modo de actuar recibió el nombre despectivo de hashshashin, consumidores de hachís, palabra que después pasó a nuestro vocabulario como `asesinos´.

Los nizaríes, `asesinos´ o hashishitas, surgieron en la antigua Persia como una escisión de los ismailitas porque, a su juicio, la comunidad islámica había tomado el camino equivocado, por lo que era necesario inaugurar una nueva era para defender la «auténtica fe». Para ello no dudaron en recurrir al asesinato selectivo de representantes del poder establecido. A diferencia de otros grupos, el pueblo llano no les interesaba, más aún, catalizaron el descontento social contra los gobernantes selyúcidas. Los `asesinos´ sólo atacaban a las élites: a los reyes, los generales, los funcionarios y los jueces que jugaban algún papel en el sistema que querían derrocar: el estado islámico suní.

Fueron los cronistas occidentales, especialmente Marco Polo, los culpables de que los nizaríes alcanzaran su fama en Europa. En su libro de viajes, el veneciano relató una leyenda que sembró el pánico en Europa. Según su versión, los integrantes de esta secta eran drogados y llevados a un jardín donde reinaba una especie de edén. Allí, gozaban durante tres días de grandes comilonas y de bellas mujeres. Pasado un tiempo, éstas volvían a suministrarles hachís y, cuando despertaban, lo hacían con una misión: sólo volverían a aquel paraíso si obedecían el mandato de su líder, el Viejo de la Montaña, y acababan con la vida del enemigo político que él indicara. El acto incluía, incluso, el sacrificio de sus vidas, pues el soñado edén ya sólo lo pisarían en la eternidad: estamos, por tanto también, ante los primeros `kamikazes´.

Leyendas aparte, los nizaríes alcanzaron su auge en Egipto, Siria e Irán entre los siglos XI y XIII, pero sus seguidores, 60.000 según los autores de la época, no llegaron a ser tan numerosos como los del resto de facciones islámicas. Sin embargo, plantaron cara durante décadas a los turcos que se instalaron en Bagdad y en los territorios adyacentes en el siglo XI y, pertrechados en escasas, pero bien defendidas, fortalezas situadas en lugares poco accesibles, sólo sucumbieron finalmente ante una de las máquinas de guerra más potentes de todos los tiempos, el Ejército mongol, que los venció en 1256.

Los nizaríes, como explica el historiador W. B. Barlett en su libro titulado Los asesinos, que la editorial Crítica acaba de publicar en España, escogían a sus víctimas con cuidado y eran capaces de esperar durante meses antes de asesinarlas, mostrándose, incluso, como amigos de ellas para ganarse su favor y lograr que bajaran la guardia. En dos ocasiones, los nizaríes intentaron matar a Saladino, sultán de Egipto y Siria. La primera no lograron acercarse a él, la segunda le causaron heridas leves.

Su primera víctima occidental llegó en 1192. Fue nada menos que el rey Conrado de Monferrat, soberano del reino latino de Jerusalén, que fue acribillado por dos miembros del grupo que se hicieron pasar por religiosos cristianos. La fidelidad de unos hombres dispuestos a hacer cualquier cosa por su jefe cautivó la imaginación de Occidente. De hecho, fueron los primeros en manejar a la perfección el terror psicológico. Les bastó con dejar hacer. Las crónicas de los informadores occidentales que redactaron informes para sus monarcas aterrorizaron a los europeos. Muchos de estos informes se elaboraron, sin embargo, sin pisar el terreno y se basaron en testimonios de viajeros o en propaganda negativa suní, sus grandes enemigos, algunos de cuyos escritos afirmaban que los nizaríes podían convertirse en fantasmas y abrirse paso sin ser vistos y que estaban dispuestos a arrojarse desde sus castillos para demostrar lealtad a su señor. Sin embargo, el asesinato de occidentales por los nizaríes no se convirtió en una política sistemática para ellos. En general, los `asesinos´ mantuvieron buenas relaciones con los cruzados y con las órdenes cristianas, que incluso llegaron a cobrarles un tributo.

En algunos aspectos, los nizaríes adoptaron reglas muy parecidas a las de las órdenes occidentales: los comandantes de los castillos no aceptaban la compañía de mujeres mientras estuvieran al mando; apenas había rangos sociales en la jerarquía nizarí, un hecho que explica la gran aceptación que tuvo entre las clases sociales menos desfavorecidas; los miembros de la comunidad se llamaban entre sí sencillamente «camaradas»; nombraban a sus dirigentes por sus propios méritos, no por su estatus social, y los proyectos se consideraban empresas colectivas y no el resultado de esfuerzos individuales. Aquellos que deseaban formar parte de la comunidad debían pasar por una ceremonia de iniciación antes de acceder a los conocimientos que les permitían interpretar los significados ocultos del Corán. Una vez superado ese paso, y sólo tras unos rituales secretos, los candidatos eran aceptados. Por otra parte, aunque su líder más carismático fue Hasan-i-Sabbah (1126-1166), tuvo a lo largo de los cien años que duró el poder nizarí muchos sucesores, todos ellos apodados el Viejo de la Montaña, cuyo cargo no se heredaba por linaje ni por parentesco, sino por méritos de los candidatos.

Y aunque ninguno de ellos inventó el asesinato, sí le dieron el nombre y se convirtieron en el primer grupo que usó y planeó, sistemáticamente y a largo plazo, el terror como arma política, por lo que se los considera los primeros terroristas de Estado. Así forjaron la leyenda que los acompaña, e hicieron realidad las palabras de un poeta ismaelita: «Cuando llegue la hora del triunfo, con la fortuna de ambos mundos por compañera, un rey con más de mil guerreros a caballo será aterrorizado por un solo guerrero de a pie». Y así fue. BoteroAbstractoprincesa LeonorJimmy CarterKofi AnnanFernando AlonsoXimenes Belo Yasir ArafatSimon PeresIsaac RabinSpice GirlsGuerra Oriente MedioNelson MandelaSímbolos franquistasHillary DuffFamoseoSalvemos el mundoEl arteMucho arteFotos inolvidablesGrafico>Obras maestras

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LOS ASESINOS - W.C. Bartlett

Dicen que la realidad supera siempre a la ficción. Pues bien, en el caso de la secta de los asesinos, es todo lo contrario. Sin duda la leyenda que se creó a su alrededor ha sido de las más ricas e interesantes de todos los tiempos, y descubrir su verdadera historia no es que haya supuesto un chasco, pero sí una pequeña desilusión al comprobar que ni una tercera parte de lo que se suponía formaba parte de su cultura era real. Aparte de eso, el libro de W.C. Bartlett está bastante bien.

Comienza el autor por darnos una visión rápida y eficaz sobre el surgimiento del Islam y sus primeros años, sentando las bases sobre las que se desarrollará la futura secta en la que se centra el libro. Así, podremos conocer una breve historia de Mahoma, las ciudades claves del Islam y los diferentes movimientos en los que se fue disgregando esta religión, entre los que cabe destacar a los suníes y los chiíes.

Los siguientes capítulos profundizan en el movimiento de los ismailíes y su continua evolución y descomposición en diferentes grupos, uno de los cuales vendrá a conformar la que en occidente siempre se ha conocido como la secta de los asesinos, y que no es otra que la formada por los seguidores de Nizar: los nizaríes.

Su primer y más carismático líder es Hasan-i-Sabbah, quien organiza el movimiento nizarí, estableciendo las bases de su política y guiando sus pasos religiosos, que servirán de cimientos para unas cuantas generaciones de nizaríes que durante siglos tendrán en vilo a la población musulmana de Oriente Medio hasta su desaparición a manos de los mongoles en su llegada a Levante.

El movimiento tenía como base, las zonas más inaccesibles de Persia, en la que llegó a formar un estado independiente que sobrevivió durante largo tiempo. Posteriormente ampliarían su influencia a tierras sirias, donde entrarían en contacto con los cruzados occidentales, quienes trasladarían hasta nuestros días la leyenda de esta increíble secta.

Son varias las peculiaridades de los nizaríes. Para empezar, era un movimiento islámico poco numeroso y completamente enfrentado con la mayoría musulmana de la zona, lo que hizo que sus miembros estuvieran casi constantemente escondidos, hasta que lograron una cierta fuerza para hacerse visibles y formar su pequeño estado independiente. Para pasar desapercibidos en territorio hostil, los nizaríes utilizaban una táctica llamada taqiyya, gracias a la cual, se les permitía ocultar su auténtica filiación con el fin de sobrevivir e incluso renegar de su fe si era necesario.

Esta táctica era especialmente útil para llevar a cabo una de sus estrategias más conocidas: la del asesinato como medio político. Y es que si por algo han sido conocidos los nizaríes es por su capacidad para llevar a cabo los asesinatos políticos más increíbles y en los lugares más insospechados. Gracias a la taqiyya, los fida’i -que así se llamaban los ejecutores de las órdenes del líder nizarí- podían infiltrarse en cualquier entorno, aunque esto les llevara años, con tal de tener acceso y poder ejecutar a aquellas personas que se les hubiera ordenado. Y desde luego, este tipo de asesinatos les sirvió para hacerse respetar, o más bien temer, en un entorno en el que se encontraban en clara inferioridad numérica.

Otra de las curiosidades del movimiento era su elección de los asentamientos. De nuevo, debido a su escaso número, los nizaríes necesitaban posiciones fácilmente defendibles para poder entrar en equilibrio con las fuerzas que les rodeaban. Por esto elegían sólo aquellas fortalezas inaccesibles, de las que se apoderaban por los medios más ingeniosos. Quizás la más conocida fue la sede del movimiento, Alamut, pero hubo muchas más.

Por otro lado, el libro desmiente algunas de las leyendas más arraigadas en torno a los asesinos, como el hecho de que fueran habituales consumidores de drogas y que eso les permitía encarar la muerte (casi segura dado el tipo de asesinato que practicaban) sin ningún temor. Parece lógico que para llevar a cabo el tipo de misiones que se les encomendaba, los fida’i requiriesen de todos los sentidos a pleno rendimiento y no tiene mucho sentido que realizaran sus misiones en estado de embriaguez.

También niega el autor el hecho de que a los fida’i los drogasen y los introdujeran en “el paraíso” por un breve tiempo, para luego devolverlos a la realidad. Quizás esta leyenda venga de la unión de dos elementos típicos de los nizaríes. El primero, es la realidad de que a los fida’i se les enseñaba desde muy jóvenes que si cumplían con sus órdenes entrarían directamente en el Paraíso. El segundo elemento, el de “el paraíso” en la tierra, seguramente se deba al hecho de que los nizaríes, debido a la localización de sus fortalezas, se preocupaban enormemente de acondicionar su entorno para el autoabastecimiento, llegando a dominar las más increíbles técnicas de cultivo.

Por último, el autor hace un breve recorrido por la historia del movimiento tras su “desaparición”, a manos de los mongoles, hasta nuestros días, en los que aún existen algunas comunidades nizaríes en zonas de la India.

Como resumen, diría que el libro está bastante bien para hacerse una idea general sobre uno de los movimientos más increíbles de la Edad Media y que, a pesar de su localización y su escasa duración en el tiempo, llegaron a influir en los comienzos del Islam o las Cruzadas, entrando en contacto con personajes de la talla de Ricardo Corazón de León, Gengis Kan, Baibars o Marco Polo.

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19 Respuestas a “LOS ASESINOS - W.C. Bartlett”

  1. javier Dice:

    Hola a todos, después de las vacaciones.

    Sólo quería añadir una cosa acerca de la famosa “taqiyya” que dices que practicaban los nizaríes y que últimamente aparece cuando se habla del Islam.

    Parece ser que no es un principio musulmán, sino sólo parte de la tradición chií. Además, se referiría únicamente a ese ocultamiento en un medio sunní, pero no al ocultamiento de la fe musulmana en un medio dominado por otra religión, lo que iría en contra del precepto fundamental del Islam, como es la profesión de fe.

    Lo que pasa es que esta taqiyya, como modo de ocultar los fines verdaderos, la propugnan ahora los integristas europeos, y otros dicen (Fanjul, cómo no) que la definición que daba arriba es irse por peteneras y que un musulmán se acoge a la taqiyya cuando conviene, siendo un principio bien vigente entre los musulmanes europeos, chiíes o no. Así que el concepto es tan actual como polémico, como pasa con la interpretación de palabras como yihad (lucha interior o guerra santa) o la propia islam (paz o sumisión).

    Pues eso, que la taqiyya tiene miga. El que sepa algo del tema que nos ilustre.

    Saludos.

  2. richar Dice:

    Pues el libro no profundiza mucho más en el concepto de la taqiyya, pero sí que explica, como dices, que se trata de una táctica nizarí (parte de los chiíes).

    Saludos,
    Richar.

  3. Germánico Dice:

    Muy interesante, Richar.

    Por lo que comentas, parece un libro muy distinto a la novela “Alamut” (que aún tengo pendiente de leer, por cierto). ¿Se complementan de alguna manera? Ya sé que una es ficción y el otro no, pero aún así, creo que podrían complementarse.

    Saludos.

  4. richar Dice:

    Efectivamente es muy diferente a Alamut. Esto es un ensayo histórico (ligerito, eso sí) y Alamut es una novela. Como dices, pueden ser un buen complemento ya que Alamut sí tiene elementos extraídos de la leyenda sobre los nizaríes, lo cual, todo sea dico de paso, la hace más entretenida. Y este otro, viene bien para tener una idea general de la secta.

    Saludos,
    Richar.

  5. javier Dice:

    Oye Richar, me quedé con una cosa que dices de pasada ¿qué es eso de que quedan comunidades nizaríes en la India? Entiendo que no tienen mucho que ver con sus antepasados ¿no?

    saludos

  6. richar Dice:

    Pues sí, tienen todo que ver con sus antepasados. Parece ser que después de la destrucción por parte de los mongoles de la mayor parte del movimiento nizarí, algunos supervivientes fueron dando tumbos hasta recalar en la India. El líder espiritual de los nizarís fue acogido en el país hindú y se les permitió tener su propia colonia. Al parecer, los indios simpatizaban bastante con el movimiento.

    Y de ahí hasta nuestros días. Básicamente son nizaríes al igual que sus antepasados. Se diferencian en que no utilizan el asesinato y demás, pero son seguidores de la misma rama ismailí que sus antecesores de la Edad Media.

    Saludos,
    Richar.

  7. santi Dice:

    Creo que me lo compraré…
    Respecto a lo de los orígenes del Islam: ¿habla mucho de ellos o es sólo una pequeña introducción?. No deja de ser curioso que haya gente que pretenda que el Islam es una religión pacífica cuando Mahoma fue un conquistador y un líder militar además de espiritual. Por no hablar de que la expansión del Islam no fue pacífica, sino a base de conqusitas por parte de los árabes.
    Y refiriéndonos a la secta de los asesinos no sorprende mucho que no fueran tanto como decían, aunque es evidente que las tácticas que usaban eran más de terror psicológico… Los templarios en cambio siempre han tenido más fama y fantasía que los hassasin no? o quizás para el mundo musulmán es al revés?
    Una anotación friki: que os parece la asociación hassasin-sith de star wars? jajajaja
    Un saludo.

  8. richar Dice:

    Saludos santi,

    realmente, sobre los orígenes del Islam trata -si no recuerdo mal- sólo el primer capítulo, pero de manera correcta.

    En cuanto a lo que mencionas sobre el terror psicológico, es cierto que los nizaríes supieron usarlo para subsistir siendo claramente inferiores numéricamente. Ahí radicó su durabilidad y en qué condiciones.

    ¿Asociación hassasin-sith? No he visto las últimas entregas de Star Wars… ¿quiénes son los sith?

    Saludos,
    Richar.

  9. santi Dice:

    Da igual richar… que a ver que imagen vais a tener de mi jajaja.
    Respecto a los orígenes del Islam, conocéis algun libro que esté bien?
    Un saludo

  10. santi Dice:

    otra cosa más que se me olvidaba, lo de hassasin viene porque su lider se llamaba Hassan o porque consumían hashis? (esto último igual era leyenda, pero en algún lado lo he leído yo… De todas formas el consumo de hashís estaba bastante extendido y no veo porqué no podían usarlo en el momento de cometer el asesinato.
    Y otra cosa más, lo del Viejo de la Montaña era Hassan únicamente o así se llamó a su lider de forma invariable?
    Un saludo.

  11. richar Dice:

    Hassan i Sabbah fue el primer líder de los nizaríes, pero no el único. De hecho, si no recuerdo mal -que todo es posible-, el término de hassasin empieza a utilizarse posteriormente. Además, es un término con el que no se denominan ellos a sí mismos, sino que se lo ponen principalmente sus enemigos. Y sí, el término está relacionado con el hashís, ya que los que veían desde fuera el movimiento, nunca entendieron cómo podían los fida’i afrontar sus tareas con esa determinación, y una de las explicaciones que intentaban darle era la de que se drogaban.

    El ir “fumados” cuando cometían los asesinatos, es algo que el autor descarta, ya que parece lógico que para cometer este tipo de actos había que tener los sentidos bien alerta.

    Y lo del Viejo de la Montaña, creo recordar que también fue un término que se introdujo después de la muerte de Hassan y que se usaba para designar al líder de los nizaríes.

    Un saludo,
    Richar.

  12. Germánico Dice:

    Un brevísimo comentario a cuenta de la expansión religiosa.

    Yo no conozco ninguna, aunque seguro que la hay, que en sus orígenes no se extendiera a sangre y fuego. Es una cuestión básica, para aquellas épocas, de dominio o, incluso, supervivencia.

    Y otra cosa: no sé gran cosa del Islam ni simpatizo con él (ni con ninguna otra religión, dicho sea de paso), pero sé que en su seno conviven tendencias altamente agresivas con otras totalmente pacíficas. Como en tantas otras, por cierto.

    Saludos.

  13. santi Dice:

    Siento discrepar germánico. Aunque yo respeto las interpretaciones islamicas pacifistas y no tengo ningun tipo de problema con el islam, hay que reconocer que de las grandes monoteístas fue la única que nació de “la sangre y el fuego”. El cristianismo era en esencia pacifista (los cristianos se negaban a servir en las legiones) aunque lo que pasó después ya es otro cantar, y el budismo tampoco nació con buda quemando ciudades que yo sepa. Pero repito que no tengo nada en contra del islam. Es simplemente historia. Evidentemente el islam ha sido pacifista y la mayoría lo sigue siendo. Recordemos por ejemplo que si no fuera por el islam los clásicos no hubieran llegado hasta nosotros.
    Un saludo.

  14. Germánico Dice:

    Bueno, Santi, no creo que discrepemos mucho. Yo me refiero a la expansión religiosa, no a sus orígenes filosóficos o teológicos. Y en ese sentido, el expansivo, sí creo que musulmanes y cristianos comparten conductas violentas.

    Saludos.

  15. diotima Dice:

    Hola a todos!

    Pienso que no son las religiones las violentas, sino las personas que la integran segun la interpretan a sus propios intereses sean estos la ambición, o el poder, el temor o el que sea. Es como la política, se supone que esta busca el bien común y los que la practican le dan el sentido que les da la gana o que les conviene. Así que la de los asesinos como le llamaban era su forma de decir aqui estamos o su manera de interpretar sus preceptos religiosos.

  16. richar Dice:

    Bueno, en el caso de los asesinos, más bien era su manera de sobrevivir siendo una clara minoría.

    Saludos,
    Richar.

  17. santi Dice:

    Si germánico, en eso estamos de acuerdo. Pero a mi siempre me ha llamado mucho la atención que Mahoma fuera un líder militar, no como Jesucristo ni Buda. Es algo que lo diferencia radicalmente de las otras dos grandes religiones, y quizás muy a su pesar lo iguale a otra religión monoteísta que es el judaísmo, en que sus líderes siempre por tradición han sido tanto espirituales como militares. En fin, era sólo resaltar ese aspecto de Mahoma en concreto. Evidentemente después las religiones evolucionan, se entremezclan con la política y el dinero y los intereses y, en fin, se hacen humanas. Pese a su nacimiento belicoso, el Islam fue en sus tiempos la religión más tolerante con las demás, y no fue sino hasta hace unos 50 años que su postura antijudaica se extremó, porque durante la Edad Media y posteriormente el Islam era la única religión que toleraba a los judíos.
    Un saludo.

  18. javier Dice:

    Acabo de leer “Samarcanda” de Amin Maalouf y uno de los capítulos del libro lo dedica a Hassan Sabbah y los ismaelíes, por si a alguien le interesa.

    Es novela, pero la descripción de los asesinos, Alamut y demás pretende ser fiel a los hechos. Cuenta la relación entre Sabbah y Omar Jayyan ( el de los Rubaiyat). Por cierto, atribuye la leyenda del hachis a un malentendido lingüistico y su difusión en Ooccidente a Marco Polo.

    Richar, en este libro se cuenta cómo después del ascetismo radical de Sabbah, su sucesor predicó todo lo contario: proclamó que el paraíso ya había llegado y que hasta rezar era herejía ¿ todo esto es cierto?

    Saludos

  19. richar Dice:

    Efectivamente, algo de eso había. Lo que no recuerdo es si era el inmediato sucesor de Sabbah o alguno posterior, pero sí que durante un tiempo se cambió -luego se volvió al estado original- la norma religiosa por completo.

    Un saludo,
    Richar.

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Thursday, March 29, 2007

Los Hashshashin. El terrorismo islámico medieval

Fue principalmente Marco Polo quien trajo a Europa noticia de los hashshashin o nizaríes, un grupo armado especializado en el asesinato político activo entre los siglos VIII y XIII, y quien popularizó la leyenda pudiendo dar origen al nombre de asesinos con el que la secta pasó a la historia en occidente. Este término al igual que como muchos otros datos sobre la secta procede de sus numerosos enemigos, ya que la mayor parte de la documentación nizarí fue destruida con el castillo de Alamut “el nido de las águilas”.


Se trató de un sector de la comunidad religiosa ismailí cuyo gran centro de poder estaba en el califato Fatimí de El Cairo. En 1090, amenazados por las persecuciones, y dirigidos por el carismático Hasan-i Sabbah, tomaron la fortaleza de Alamut, una posición inexpugnable en los montes Alburz al sur del Mar Caspio, que se convertirá en su principal y más conocido bastión. Además lograron apoderarse de muchas otras plazas fuertes e inexpugnables en las zonas de Siria e Irán llegando a conformar una red con una fuerte cohesión y buena comunicación, llegando, según algunos autores como W.C. Bartlett, a formar un auténtico Estado ismailí.
Desde estos puntos, los ismailíes extendieron una gran labor de proselitismo por Irán y Siria llegando a convertirse en una seria amenaza a los ojos de los sultanes turcos Selyúcidas; los cuales, emprenderán varias campañas militares contra los ismailíes, que resultarán infructuosas.
Los ismailíes se tomarán la revancha comenzando una serie de auténticos atentados contra dirigentes políticos o militares. Una de sus primeras víctimas será el visir Nizam al-Mulk en 1092.

En 1094, con la muerte del califa fatimí, y líder del ismailismo, Al-Mustansir, estallará una guerra de sucesión entre sus hijos Musta’li y Nizar.
Nizar recibirá el apoyo de Hasan-i Sabbah y los ismailíes de Irán siendo éste derrotado y, a consecuencia, sucederá una división entre los seguidores de Hasan-i Sabbah y la mayoría de los ismailíes. A partir de este momento, los ismailíes de Irán serán conocidos como nizaríes.

El término nizaríes es quizá el nombre más neutro. La secta solía también llamarse a sí misma al-da’wa al-yadīda), que en árabe significa la Nueva Predicación o Nueva Doctrina, y los que realizaban acciones armadas se llamaban a sí mismos fedayín (fidā’iyyīn, pl. de fidā’ī), esto es, “los que están dispuestos a dar la vida por una causa”.

Aún suponiendo una minoría, los nizaríes consiguieron ganarse el temor de sus enemigos a través de un gran número de atentados de tinte político buscando el terror y el magnicidio, llegándose a encontrar en su lista de objetivos Saladino al cual intentaron dar muerte cuando se encontraba en el Asedio de Alepo en 1176. El famoso personaje, respondió asediando la posición nizarí siria de Masjaf, pero acabó desistiendo. Sea cómo fuere, el caso es que desde entonces, Saladino, mantuvo buenas relaciones con los nizaríes.

La mayoría de sus víctimas serían musulmanes, y, quizá por esta causa una de las pocas fuentes cristianas que nos hablan de esta secta será Marco Polo. El viajero veneciano habla de los nizaríes en sus relatos de viajes, y asegura haber visitado Alamut en 1273, lo cual es obviamente falso ya que la fortaleza fue destruida en 1256 por los mongoles. De Marco Polo procede también la leyenda de los guerreros drogados con hachís en el falso paraíso.

Un siglo antes, otro viajero menos conocido, el judío navarro Benjamín de Tudela, mencionaba la secta de los asesinos y a un jefe llamado “el viejo”, aunque afirma que su sede principal era Kadmos y no Alamut.

“El Viejo” del que nos habla Benjamín de Tudela, no es otro que el ya mencionado Hasan-i Sabbah, llamado también “el Viejo de la Montaña”, líder de la secta es su época de auge. Este precedente medieval de Osama bin Laden, con quien se le ha comparado, era artífice de una gran producción intelectual, poseedor de un carácter piadoso y austero y, diversos autores junto con los actuales ismailíes, enfatizan en su convicción y su genio militar.
Aunque los nizaríes siguieron existiendo tras su muerte en 1124, y desde varios puntos de vista los aspectos más importantes de la secta son posteriores al carismático líder.
Tanto Hasan-i Sabbah como sus predecesores en la dirección de la secta residieron en otros lugares aparte de Alamut, y muchos de ellos heredaron el apelativo de “viejo de la montaña”. El apelativo, según apuntan muchos autores, viene del tratamiento como shayj, que etimológicamente significa “anciano” (en el sentido de “venerable”), y que forzosamente residían en la montaña pues las fortificaciones nizaríes se construían en lugares escarpados para defenderse mejor de sus múltiples enemigos.

Algunos de sus asesinatos más famosos son obra de los sucesores de Hasan, entre los que se encontraban Buzurg Ummid (”Gran esperanza”), y tras él su hijo Muhammad I, en 1138.

Los nizaríes conforman una rama minoritaria del ismailismo, que es a su vez rama minoritaria del chiísmo, y éste rama minoritaria del Islam. Los ismailíes, en su conjunto, eran percibidos por la población (mayoritariamente sunní) como la heterodoxia dentro de la heterodoxia, lo que explica que la mayor parte de la documentación que existe sobre la secta dé a entender que su carácter islámico era solamente aparente. Se suele insistir en su aspecto batiní, esto es, esotérico, y se dice que incluso llegaron a negociar con el rey Amalrico I de Jerusalén su conversión al cristianismo por razones de conveniencia, pretensión que habría sido abortada por los Templarios.

Como relación, cabe mencionar que se acogían con frecuencia a la taqiyya, gracias a la cual, se les permitía ocultar su auténtica filiación religiosa con el fin de sobrevivir e incluso renegando de su fe si era necesario.

Muestra de esta heterodoxia la podemos encontrar en 1162, cuando Hasan II sucede a su padre Muhammad I. Bajo su mandato, en el mes de Ramadán de 1164, anunció, en nombre del Imam oculto, que había llegado el momento de la “gran resurrección” (qiyama), con lo que ya no tenía sentido cumplir las prescripciones musulmanas ni seguir la sharia. Prohibió el ayuno y alentó a los fieles a beber libremente alcohol, poco después, será asesinado por un partidario de la vieja doctrina. En palabras de Henry Corbin: “lo que implicaba era nada más ni nada menos que el advenimiento de un puro Islam espiritual, liberado de todo espíritu legalista, de toda servidumbre a la Ley: una vía personal hacia la Resurrección que es nacimiento espiritual, en la medida en que hace descubrir y vivir el sentido espiritual de las revelaciones proféticas”.
Su hijo y sucesor Muhammad II siguió sus pasos de su padre, y el hijo de éste, Hasan III en 1210, sería quien pondría fin a esta herejía dentro del Islam, decretando seguir los rituales sunníes y no los chiíes.

Los homicidios políticos ejecutados por los nizaríes pretendían ser ejemplificadores llevándose a cabo a plena luz del día y con la ayuda de dagas, espadas venenos…, cuando la persona objeto del atentado estaba rodeada de público, lo que suponía que el asesino era capturado y ajusticiado invariablemente tras cometer su asesinato, una auténtica “propaganda por el hecho” que otros autores colocarán como apelativo a otras acciones terroristas contemporáneas.
El arrojo y el encarnizamiento otorgado a los homicidas por las fuentes de la época, los atribuyen a que los magnicidas, que sabían que no saldrían vivos de su acción, consumían hachís o quizá otros estupefacientes antes de realizar su acción, y otras atribuyen el uso de drogas para la captación de personas destinadas a matar a los oponentes políticos utilizando la siguiente argucia: drogaba a los aspirantes a integrarse en la secta, quienes despertaban en un hermoso y secreto vergel, en el castillo se Alamut, «el jardín más vasto y soberbio que jamás se vio», según Marco Polo. Rodeados de huríes danzantes, frutas, manjares, agua, frescor…, todo cuanto un humano podía soñar en aquella época encontrarse en el Paraíso. Luego se les narcotizaba de nuevo para tornar al castillo y prometerles que cuanto habían vivido era una minucia comparado con lo que se podía esperar de en caso de morir en pro de la causa.
Realmente, como apunta W.C. Bartlett, la relación de los nizaríes con el hachís no está atestiguada y muchos investigadores la consideran poco probable, argumentando que se les definiera como hashshashin de forma genérica y posteriormente tomara ese sentido, forjándose la leyenda, al fin y al cabo, parece lógico que para llevar a cabo este tipo de misiones que se les encomendaba, los fida’i requiriesen de todos sus sentidos estuvieran a pleno rendimiento y no tiene mucho sentido que realizaran sus misiones en estado de embriaguez.

El término hashshāshīn, plural de hashshāsh “consumidores de hachís”, era utilizado en la época para definir a gentes de vida marginal, no necesariamente a criminales. Así es como se conoció a estos “mártires”, al precedente de asesino, con el significado de “homicida” en las lenguas occidentales el vocablo fue trasladado por los cruzados y llegó también al francés, assassin; al italiano y al portugués, assassino.
Amin Maalouf, contesta esta etimología argumentando que la palabra asesino procede de asāsiyyīn “fundamentalistas”.
Otra etimología distancia aún más ambos significados. Se refiere ésta a hashshāshīn, como forma de nombrar a los seguidores de Hasan-i Sabbah, “el Viejo de la Montaña”.
Su nombre se usó por primera vez en español hacia el año 1300 y su escritura tuvo numerosos cambios durante cuatro siglos registrándose variantes como anxixín, assesino, asesigno, acecino, assasino y assesino, hasta que fue adoptado en su forma definitiva en el siglo XVIII.

A partir del siglo XIII, poco a poco la fuerza de la “secta de los asesinos”, fue diezmada por el enfrentamiento con poderosos enemigos. El sultán mameluco Baybars, se hizo con el último baluarte nizarí en Siria en 1273 mientras que Khur Shah debe hacía frente desde 1255 al avance de las tropas mongolas dirigidas por Hulagu Khan, nieto de Gengis Khan, dispuesto a arrasar Oriente Medio
El poderío de los Hashshashin terminó cuando atacaron en su último aliento al señor mongol Hulagu Khan, quien los destruyó. Corría el año 1256, el entonces jeque de Alamut, Rukn al-Din Khurshah, resistió unas semanas el asedio, pero finalmente hizo caso de su asesor Narîroddîn Tûsi y rindió la fortaleza a los ejércitos de Hülegü, poniéndose a su servicio. Pero éste, tras conquistar el resto de bastiones nizaríes, lo asesinó junto con toda su familia y su séquito.

Hoy en día, como comenta W.C. Barlett, todavía subsisten algunas comunidades nizaríes en zonas de la India fruto del proselitismo llevado a cabo en un cierto resurgir de la secta durante el siglo XV.
Actualmente, estos nizaríes de la India reciben el nombre de khodjas y su principal exponente será el descendiente del hijo de Khur Shah, huído de la masacre mongola.

FUENTES
W.C. BARLETT.
Los Asesinos
. Barcelona. Crítica. 2006.
H. CORBIN.
Historia de la Filosofía Islámica
. Madrid. Trotta. 1994.

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Sunday, December 17, 2006

El principal centro de operaciones de los nizaríes era la fortaleza de Alamut, al norte de Irán. Este bastión les fue arrebatado a los turcos por el líder de la secta, Hasan-i-Sabbah (arriba, representado en su fortaleza), en 1090. La fortificación se levantaba en una zona montañosa y, según Marco Polo, contaba con «el jardín más vasto y soberbio que jamás se vio», donde los nizaríes eran drogados para lanzarlos, después, a cometer sus crímenes. Sin emgargo, muchos historiadores dudan de esta descripción, ya que el año que Marco Polo afirmó haber visitado Alamut, la fortaleza ya había desaparecido.

Los `asesinos´ ismaelitas perdieron este bastión en 1256 a manos del Ejército mongol. El entonces jeque de Alamut, Rukn al-Din Khurshah, resistió unas semanas el asedio, pero finalmente hizo caso de su asesor Narîroddîn Tûsi y rindió la fortaleza a los ejércitos de Hülegü, poniéndose a su servicio. Pero éste, tras conquistar el resto de bastiones nizaríes, lo asesinó junto con toda su familia y su séquito

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Su aparición, hace casi diez siglos, causó una revolución en el mundo musulmán. Los `asesinos´, una familia escindida del islam, fue el primer grupo en la historia que usó el asesinato como instrumento de Estado. Un libro del investigador inglés W. B. Barlett, recién publicado en España, aporta datos inéditos sobre él.

La leyenda cuenta que se drogaban fumando hachís y que su fanatismo hacía el resto. Entonces eran capaces de todo. Estamos en el siglo XI, en la época de las Cruzadas, al norte del actual Irán. Allí, una secta, la de los nizaríes, inaugura el crimen político y se convierte en el primer comando terrorista de la historia.

Todo empezó con un ruego. «¿Quién de vosotros librará a este territorio del demonio de Nizam al-Mulk Tusi?» La llamada de Hasan-i-Sabbah, el líder de esta rama escindida en el siglo XI de la dinastía musulmana fatimita, no cayó en saco roto. Un zapatero llamado Bu Tahir Arrain la atendió y en la noche del 16 de octubre de 1092 acabó con Al-Mulk, visir del sultanato selyúcida en la antigua Persia, que había permitido la persecución de los nizaríes. Esta muerte fue la primera de una serie de crímenes que convirtió esta secta en el grupo musulmán más temido de la historia, un colectivo que practicó el asesinato como una forma de terrorismo y que por su modo de actuar recibió el nombre despectivo de hashshashin, consumidores de hachís, palabra que después pasó a nuestro vocabulario como `asesinos´.

Los nizaríes, `asesinos´ o hashishitas, surgieron en la antigua Persia como una escisión de los ismailitas porque, a su juicio, la comunidad islámica había tomado el camino equivocado, por lo que era necesario inaugurar una nueva era para defender la «auténtica fe». Para ello no dudaron en recurrir al asesinato selectivo de representantes del poder establecido. A diferencia de otros grupos, el pueblo llano no les interesaba, más aún, catalizaron el descontento social contra los gobernantes selyúcidas. Los `asesinos´ sólo atacaban a las élites: a los reyes, los generales, los funcionarios y los jueces que jugaban algún papel en el sistema que querían derrocar: el estado islámico suní.

Fueron los cronistas occidentales, especialmente Marco Polo, los culpables de que los nizaríes alcanzaran su fama en Europa. En su libro de viajes, el veneciano relató una leyenda que sembró el pánico en Europa. Según su versión, los integrantes de esta secta eran drogados y llevados a un jardín donde reinaba una especie de edén. Allí, gozaban durante tres días de grandes comilonas y de bellas mujeres. Pasado un tiempo, éstas volvían a suministrarles hachís y, cuando despertaban, lo hacían con una misión: sólo volverían a aquel paraíso si obedecían el mandato de su líder, el Viejo de la Montaña, y acababan con la vida del enemigo político que él indicara. El acto incluía, incluso, el sacrificio de sus vidas, pues el soñado edén ya sólo lo pisarían en la eternidad: estamos, por tanto también, ante los primeros `kamikazes´.

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Los bebedores de hasis eran la facción terrorista de la rama ismaelí del islam. Sus seguidores se desentendían de cualquier atadura familiar para unirse a la partida, jurando dar muerte a quien ordenase su jefe, aunque les fuese la vida en el intento.

      Fundada por el ismaelita Hasan ibn Sabbah, la encabezaba el Sheik al Jebal, el viejo de la montaña.
      Aunque las relaciones entre templarios y asesinos, a lo largo de su coexistencia, habían pasado por distintas épocas de odio y de mesura, Roger no lamentaba el hecho de no haber tenido que tratar nunca con ellos. Aún recordaba el relato que un hermano, de paso hacia el convento de Jaffa, les había referido en la fraternidad del descanso. Aquél hombre estaba presente el día en que el Sheik, deseoso de mostrar al caballero templario el grado de poder que poseía sobre sus hombres, les había ordenado, con un simple gesto de cabeza, arrojarse al vacío desde las murallas de su fortaleza de Alamut -el nido de las águilas-, en las montañas del Líbano. A no ser por la petición del horrorizado cristiano, el espectáculo de los suicidas se hubiese prolongado indefinidamente.
   Fue Marco Polo quien trajo a Europa noticia de los hashshashin, grupo armado especializado en el asesinato político, que dirigía el Viejo de la montaña desde el inexpugnable castillo de Alamut, el Nido de águilas, anclado en las montañas del Líbano al sur del mar Caspio.


       Para mantener la cohesión en su tropa, el Viejo utilizaba una técnica en apariencia efectiva: drogaba a los aspirantes a integrarse en la secta, quienes despertaban en un hermoso y secreto vergel rodeados de huríes danzantes, frutas, manjares, agua, frescor…, todo cuanto un humano podía soñar en aquella época encontrarse en el Paraíso. Luego se les narcotizaba de nuevo para tornar al castillo y prometerles que cuanto habían vivido era una minucia comparado con lo que se podía esperar de morir en acto de servicio.

       El veneciano afirma haber visitado el castillo en 1273 y en él, su famoso jardín de los sueños, sin embargo, Marco Polo no es fuente fiable y en este caso no se muestra digno de mayor crédito. Cuando dice alcanzar la fortaleza, ésta ya hace diecisiete años que se ha rendido sin resistencia a los mongoles que la arrasan para no dar oportunidad a sus enemigos de reocuparla.
       Lo cierto es que un siglo antes que Marco Polo, un judío español, Benjamín de Tudela ya habla de los asesinos y del Viejo que los dirige, pero sin situarlos en Alamut, sino en Kadmos.

       Hasta el mismo nombre de hashshashin, del que se supone derivada la palabra “asesinos”, plantea dudas. Es cierto que significa “consumidores de hasis” pero, en la época, era un término común utilizado para referirse a gentes de vida marginal, no necesariamente a criminales y, por tanto, no justifica la leyenda que vincula a la secta con el consumo de estupefacientes.

       Otra etimología distancia aún más ambos significados. Se refiere ésta a Hasasin, como forma de nombrar a los seguidores de Hasan, (Hasan-i Sabbah), el Viejo de la Montaña.
       Amin Maalouf, prefería suponer su origen en la palabra asasiyyin, es decir, fundamentalistas.

       Los hashshashin pertenecían a la escisión islámica ismailita, una secta minoritaria entre los chiítas, que ocuparon lugares montañosos de difícil acceso con la intención de extender su doctrina en Irán y Siria, cuestión que fue vista como una amenaza por parte de los sultanes turcos iraníes quienes emprendieron campañas militares contra ellos.

       A la muerte del califa fatimí Al-Mustansir, se desata una guerra por la sucesión al trono entre sus hijos Musta’li y Nizar. Los ismailitas forman en el bando de Nizar que es quien sale finalmente derrotado, provocando la ruptura entre éstos y los seguidores de Hasan-i Sabbah, a quienes se conocería desde entonces como nizaríes.

       Los crímenes nizaríes se llevaban a cabo a plena luz del día, con preferencia en la explanada de las mezquitas y a la salida de la oración, cuando la víctima se encontraba rodeada de testigos y protegida entre el gentío. Por lo general, hacerlo de esta manera suponía la captura y muerte del asesino, por lo que la fama de fanáticos suicidas siempre acompañaba a la secta.

       El nombre de nizaríes es demasiado genérico. La hermandad criminal se llamaba así misma “al-da’wa al-yadida”, que viene a significar: “Nueva Doctrina”, y a quienes practicaban los asesinatos “fedayin”: “los dispuestos a morir por ella”.

       Su estrategia de crímenes políticos como forma de defensa y manera de imponer su voluntad, junto con su fama de asesinos implacables ante los que no sirven guardias, escondites, ni fortalezas, crece con la muerte violenta de personalidades relevantes. Durante el cerco de la ciudad siria nizarí de Masjaf, el propio jeque de la secta se introdujo en tienda del mismísimo Saladino eludiendo todo sistema de vigilancia para dejar junto a su lecho un presente de dulces acompañado con una nota: “Estás en nuestras manos”. El caso es que, leyenda o no, a partir de ese momento las relaciones entre Saladino y los nizaríes mejoran notablemente.

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La mejor respuesta - Elegida por quien preguntó

Los nizaríes, hashshashín o asesinos fueron una secta religiosa ismailí de Oriente Medio activa entre los siglos VIII y XIII. Se hizo famosa a partir del XI por su actividad estratégica de asesinatos selectivos contra dirigentes políticos o militares. En ese periodo tuvo su sede principal en la fortaleza de Alamut, en los montes Alburz, al norte del actual Irán. A pesar de su escaso número, los nizaríes parecen haber aterrorizado enormemente a sus enemigos. Realizaron muchas acciones mortíferas y lograron alcanzar a personajes muy protegidos, creando la leyenda de que nadie podía escapárseles.Fue Marco Polo quien popularizó en Europa la leyenda del origen del nombre de Asesinos con el que la secta pasó a la historia en occidente. El término asesino, que hoy es una palabra común, procede del árabe hashshashín, que literalmente significa “consumidores de hachís”. Es un nombre despectivo, que como muchos otros datos sobre la secta procede de sus numerosos enemigos, ya que la mayor parte de la documentación nizarí fue destruida con el castillo de Alamut.

Los homicidios políticos practicados por los nizaríes pretendían ser ejemplificadores y se hacían a plena luz del día, cuando la persona objeto del atentado estaba rodeada de público, lo que suponía que el asesino era capturado y ajusticiado invariablemente tras cometer su asesinato. La leyenda atribuye el arrojo y el encarnizamiento de los homicidas, que sabían que no saldrían vivos de su acción, al consumo de hachís, o quizá de otras drogas llamadas genéricamente por este nombre. Una versión más elaborada de la leyenda cuenta que los dirigentes de la secta captaban a las personas destinadas a matar a los oponentes políticos del siguiente modo: eran drogados con hachís hasta quedar dormidos. Entonces se les llevaba a un jardín secreto del castillo de Alamut, lleno de agua, animales exóticos, árboles frutales y bellas mujeres, donde despertaban creyendo que se encontraban en el paraíso. Tras gozar durante unas horas del supuesto edén, era de nuevo drogados por las doncellas y despertaban en el punto de partida. Un líder de la secta les decía entonces que habían tenido el privilegio de conocer el paraíso y que podrían volver a él, por toda la eternidad si se sacrificaban el pro de la causa. Esto explicaría el valor que demostraban en sus acciones armadas. La palabra hashshāshīn, plural de hashshāsh, pasaría a las lenguas europeas como asesino, con el significado de “homicida”. Algunos autores, como Amin Maalouf, contestan esta etimología y dicen que la palabra procede de asāsiyyīn (“fundamentalistas”).

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Posted by isisdiosa99 at 21:07:35 | Permalink | No Comments »

Dicen que la realidad supera siempre a la ficción. Pues bien, en el caso de la secta de los asesinos, es todo lo contrario. Sin duda la leyenda que se creó a su alrededor ha sido de las más ricas e interesantes de todos los tiempos, y descubrir su verdadera historia no es que haya supuesto un chasco, pero sí una pequeña desilusión al comprobar que ni una tercera parte de lo que se suponía formaba parte de su cultura era real. Aparte de eso, el libro de W.C. Bartlett está bastante bien.

Comienza el autor por darnos una visión rápida y eficaz sobre el surgimiento del Islam y sus primeros años, sentando las bases sobre las que se desarrollará la futura secta en la que se centra el libro. Así, podremos conocer una breve historia de Mahoma, las ciudades claves del Islam y los diferentes movimientos en los que se fue disgregando esta religión, entre los que cabe destacar a los suníes y los chiíes.

Los siguientes capítulos profundizan en el movimiento de los ismailíes y su continua evolución y descomposición en diferentes grupos, uno de los cuales vendrá a conformar la que en occidente siempre se ha conocido como la secta de los asesinos, y que no es otra que la formada por los seguidores de Nizar: los nizaríes.

Su primer y más carismático líder es Hasan-i-Sabbah, quien organiza el movimiento nizarí, estableciendo las bases de su política y guiando sus pasos religiosos, que servirán de cimientos para unas cuantas generaciones de nizaríes que durante siglos tendrán en vilo a la población musulmana de Oriente Medio hasta su desaparición a manos de los mongoles en su llegada a Levante.

El movimiento tenía como base, las zonas más inaccesibles de Persia, en la que llegó a formar un estado independiente que sobrevivió durante largo tiempo. Posteriormente ampliarían su influencia a tierras sirias, donde entrarían en contacto con los cruzados occidentales, quienes trasladarían hasta nuestros días la leyenda de esta increíble secta.

Son varias las peculiaridades de los nizaríes. Para empezar, era un movimiento islámico poco numeroso y completamente enfrentado con la mayoría musulmana de la zona, lo que hizo que sus miembros estuvieran casi constantemente escondidos, hasta que lograron una cierta fuerza para hacerse visibles y formar su pequeño estado independiente. Para pasar desapercibidos en territorio hostil, los nizaríes utilizaban una táctica llamada taqiyya, gracias a la cual, se les permitía ocultar su auténtica filiación con el fin de sobrevivir e incluso renegar de su fe si era necesario.

Esta táctica era especialmente útil para llevar a cabo una de sus estrategias más conocidas: la del asesinato como medio político. Y es que si por algo han sido conocidos los nizaríes es por su capacidad para llevar a cabo los asesinatos políticos más increíbles y en los lugares más insospechados. Gracias a la taqiyya, los fida’i -que así se llamaban los ejecutores de las órdenes del líder nizarí- podían infiltrarse en cualquier entorno, aunque esto les llevara años, con tal de tener acceso y poder ejecutar a aquellas personas que se les hubiera ordenado. Y desde luego, este tipo de asesinatos les sirvió para hacerse respetar, o más bien temer, en un entorno en el que se encontraban en clara inferioridad numérica.

Otra de las curiosidades del movimiento era su elección de los asentamientos. De nuevo, debido a su escaso número, los nizaríes necesitaban posiciones fácilmente defendibles para poder entrar en equilibrio con las fuerzas que les rodeaban. Por esto elegían sólo aquellas fortalezas inaccesibles, de las que se apoderaban por los medios más ingeniosos. Quizás la más conocida fue la sede del movimiento, Alamut, pero hubo muchas más.

Por otro lado, el libro desmiente algunas de las leyendas más arraigadas en torno a los asesinos, como el hecho de que fueran habituales consumidores de drogas y que eso les permitía encarar la muerte (casi segura dado el tipo de asesinato que practicaban) sin ningún temor. Parece lógico que para llevar a cabo el tipo de misiones que se les encomendaba, los fida’i requiriesen de todos los sentidos a pleno rendimiento y no tiene mucho sentido que realizaran sus misiones en estado de embriaguez.

También niega el autor el hecho de que a los fida’i los drogasen y los introdujeran en “el paraíso” por un breve tiempo, para luego devolverlos a la realidad. Quizás esta leyenda venga de la unión de dos elementos típicos de los nizaríes. El primero, es la realidad de que a los fida’i se les enseñaba desde muy jóvenes que si cumplían con sus órdenes entrarían directamente en el Paraíso. El segundo elemento, el de “el paraíso” en la tierra, seguramente se deba al hecho de que los nizaríes, debido a la localización de sus fortalezas, se preocupaban enormemente de acondicionar su entorno para el autoabastecimiento, llegando a dominar las más increíbles técnicas de cultivo.

Por último, el autor hace un breve recorrido por la historia del movimiento tras su “desaparición”, a manos de los mongoles, hasta nuestros días, en los que aún existen algunas comunidades nizaríes en zonas de la India.

Como resumen, diría que el libro está bastante bien para hacerse una idea general sobre uno de los movimientos más increíbles de la Edad Media y que, a pesar de su localización y su escasa duración en el tiempo, llegaron a influir en los comienzos del Islam o las Cruzadas, entrando en contacto con personajes de la talla de Ricardo Corazón de León, Gengis Kan, Baibars o Marco Polo.

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